Opinión

Comunicación

26/11/2018

La ciudad rural

Miguel Martínez Tomey

Por Miguel Martínez Tomey

Responsable de Asuntos Europeos de CHA

En una conferencia impartida en Barcelona en 2014, el geoestratega experto en desarrollo urbano y globalización Dr. Parag Khanna decía que “una ciudad puede ir bien en un país que vaya mal, pero ningún país es viable sin ciudades viables” y señalaba dos condiciones para que una ciudad que tenga importancia decisiva sea sostenible en el contexto de la globalización: contar con un número sustancial de habitantes (1 millón como mínimo) y con una economía diversificada. Dicho en trazo grueso: fuera de esos requisitos, uno ya no es sujeto sino objeto y su viabilidad dependerá de su capacidad de adaptarse a las normas y condiciones que emanen de esos centros urbanos cualificados. Y, junto a eso, una inquietante pregunta: ¿es España un país inviable con ciudades que van bien? 

Yo creo que la respuesta es que sí. Con el agravante de que los poderes públicos y privados residen precisamente en esas ciudades que juegan en las “ligas mayores” y, cuando se mueven fuera de ellas, recalan en entornos que responden a sus patrones de escala global y cultura urbana total. En definitiva, estos poderes tienen una noción muy limitada de ese país que languidece más allá de los circuitos por los que discurre la gran historia del mundo actual de la que son protagonistas. 

Por ello y paradójicamente, en la era del triunfo del capitalismo y la libre empresa, crear desarrollo económico (del que retiene y atrae a la gente a vivir a un sitio) se ha convertido en un empeño cada vez más difícil en el medio rural. Las reglas y prioridades de las ciudades globales no se corresponden con las necesidades y anhelos de los pueblos. 

¿Hay alternativas? No si pensamos y actuamos ajenos a esta realidad. Sí si lo hacemos de forma radicalmente distinta y adaptada a estos imperativos. Si creamos nuestro propio paradigma de desarrollo y lo planificamos y ejecutamos de forma coherente y con horizontes de medio y largo plazo. Incluso sabiendo que, hasta que se consigan resultados, se perderán todavía gentes y pueblos. 

Creemos, pues, un organismo mejor adaptado para sobrevivir –ya que no a liderar- en la era globalizada: la ciudad rural. Partamos de una concepción diferente del espacio, superando los límites mentales del concepto de pueblo y organicemos nuestros activos a una escala mayor. Planifiquemos con arreglo a esa visión nuestro desarrollo, las normas locales, nuestra forma de relacionarnos con otros poderes y entre nosotros mismos. Reeduquémonos para ello. Seamos, pues, ciudadanos de nuestra propia polis extensa e innovemos para construir nuestro propio espacio bajo el sol. Dotémonos de herramientas consensuadas que nos permitan enfocar tantos esfuerzos hoy fragmentarios y dispersos en los fundamentos del cambio. Hablemos de ello. Hagámoslo posible. Allí estaré.


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