Opinión

Comunicación

06/01/2018

Cuando los reyes eran los padres

Ángela Labordeta de Grandes

Por Ángela Labordeta de Grandes

Secretaria de Comunicación, Imagen y Redes Sociales

“La gente -escribía Tolstoi en Confesión- vive como vive todo el mundo, y todo el mundo vive basándose en principios que no solo no tienen nada que ver con la fe, sino que, las más de las veces, se oponen a ella. La fe no participa en la vida, no regula en modo alguno nuestras relaciones con los demás, ni es preciso que la confirmemos en nuestra propia vida; la fe se profesa en algún lugar lejos de la vida e independientemente de ella. Si nos topamos con la fe, será solo un fenómeno externo”. 

Me gusta releer este párrafo, porque de alguna forma todo, en nuestras vidas, está formulado por procesos externos que se dibujan alrededor nuestro, sin que nosotros seamos capaces de saber por qué han sucedido. Cuando tenía cuatro años, la noche entre el cinco y el seis de enero, mi hermana, dos años mayor que yo, me susurró: “Ángela, despierta; te voy a enseñar algo”. Yo le hice caso, era mi hermana mayor y siempre le hacía y hago caso. Me ayudó a ponerme la bata y con un inmenso cariño cogió mi pequeña mano y me condujo hasta el comedor de la casa, donde, a través de la puerta entreabierta, vimos cómo mis padres depositaban regalos sobre el sillón, en el suelo y alrededor del pequeño árbol. 

Yo no dije nada, miré y no dije nada y ella, con los ojos muy abiertos y muy seria, me dio: “Ángela, los reyes son los padres”. Era evidente que era así, pero yo tenia cuatro años y no dije nada. Creo que le sonreí desde mi inmensa timidez y me volví a sumergir en mis sueños de niña de cuatro años, soñando en los reyes que estaban a punto de llegar y que iban a traerme aquel pequeño teatro con el que aprendí a desdibujar la vida cuando esta dejaba de gustarme. La fe es una necesidad que regula nuestra relación con nosotros mismos y que poco o nada tiene que ver con la bondad, la hermosura o la paz, sino mas bien con un combate del que no queremos salir perdiendo y que se llama vida, y del que con salir airosos, a veces, hasta nos conformamos. 

¿Tener fe o no tener fe?, y a quién le importa, si la fe es una cuestión que no nos hace ni mejores ni peores, ni más ni menos, ni hombres ni mujeres. He conocido hombres de fe que eran auténticos demonios y hombres sin fe que irradiaban bondad y amor; también he conocido hombres de fe que consiguen transformar el mundo hacia un mundo mejor y hombres sin fe que se queman en la imagen de su vanidad. Crecí entre la fe y la no fe, crecí abrazando mundo escritos, tan reales como inciertos, crecí queriendo que cuando las cosas no me gustaban se bajara el telón y el silencio del teatro todo lo aplacase, hasta la rabia y el dolor. Crecí. Nunca le pregunté a mi hermana por qué aquella noche me llevó hasta el comedor para que viera que los padres eran los reyes, conocía perfectamente la respuesta y no era otra que su necesidad de compartir el dolor. 

Ella había descubierto algo que le hacía infinito daño y necesitaba que alguien le quitase un poco de ese dolor y quién mejor que su pequeña hermana, silenciosa y atrapada en mundos épicos de leviatanes y dioses imperfectos y hasta humanos. Aquella noche mi hermana me enseñó algo, que cada noche de reyes regresa para recordarme que somos humanos, que tenemos miedo y que estamos solos en un mundo en el que, en ocasiones, sigo queriendo bajar el telón.


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