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Una vez más, el pueblo aragonés tiene que salir
a la calle a oponerse al trasvase del Ebro, a defender los
principios de la Nueva Cultura del Agua, a exigir respeto
a la dignidad de este País. Rechazamos enérgica
y rotundamente este nuevo trasvase que se funda en tres mentiras.
En primer lugar, la mentira, repetida hasta
la saciedad durante la campaña electoral por Zapatero
e Iglesias, de que un Gobierno del PSOE no aprobaría
jamás un trasvase del Ebro. Poco ha habido que esperar:
el nuevo Gobierno del PSOE ha aprobado el trasvase del Ebro
en el primer Consejo de Ministros que ha celebrado, traicionando
la confianza de los aragoneses y aragonesas a los que pedía
el voto mientras negociaba a sus espaldas con la Generalitat.
En segundo lugar, la burda mentira de que
una tubería de 62 kilómetros por la que discurrirán
50 hectómetros cúbicos de agua procedentes la
Cuenca del Ebro hasta las Cuencas Internas de Cataluña
no es un trasvase. Aunque Zapatero e Iglesias se empeñen
en negar la evidencia, se trata de un trasvase. Un trasvase
que ya incluyó el PP en el Plan Hidrológico
Nacional de 2001, que el anterior Gobierno del PSOE derogó
en 2005, precisamente porque era un trasvase, y que ahora
resucita el nuevo Gobierno de Rodríguez Zapatero. Es
un trasvase insostenible que infringe la Directiva Marco del
Agua, que vulnera el principio de unidad de cuenca, que contraviene
el principio de recuperación de costes, que se ejecutará
sin evaluación de impacto ambiental, que producirá
importantes afecciones ecológicas en el Delta del Ebro,
que ignora las alternativas que existen y que crea un peligrosísimo
precedente que, sin duda, utilizarán los trasvasistas
de otros territorios del Estado.
Y, en tercer lugar, la mentira de que se
trata de un trasvase provisional y temporal. ¿Alguien
puede creer que el Estado invertirá nada menos que
180 millones de euros para una obra que será utilizada
sólo durante nueve meses? El plan pactado por el Gobierno
central y la Generalitat es evidente: la tubería quedará
lista y preparada para futuros trasvases y será ya
imposible controlar la tajadera.
Todo ello, con la complicidad imperdonable
de Marcelino Iglesias, un presidente dócil y obediente
que, en lugar de defender a los aragoneses, ampara y justifica
el trasvase plegándose a intereses partidistas.
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