Opinión

Comunicación

28/08/2020

Pan y prostitución

Isabel Giménez

Por Isabel Giménez

Secretaría de Feminismos de CHA

En este tiempo de pandemia no deja de sorprendernos cómo se nos ha ido entreteniendo con temas como el fútbol de élite y cómo se han silenciado otros, como la situación vulnerable de las personas que ejercen la prostitución. Al igual que se ha mantenido el entretenimiento fácil de la mente se ha permitido el asqueroso mantenimiento del entretenimiento del cuerpo sin complicaciones para una de las partes. 


No deja de sorprenderme que, en plena pandemia, se siguiese hablando de los grandes equipos cuando, en realidad, ni siquiera se estaban jugando partidos. No deja de sorprenderme tampoco que, en plena incertidumbre sobre el futuro de los autónomos, el inicio de las clases, los recursos para hacer frente a la pandemia… las portadas de los medios de comunicación sigan priorizando las noticias del fútbol. Vemos como una parte de la sociedad se preocupa por las mafias que se reparten el deporte, los entresijos y las adulteraciones de una liga, los partidos sin público retransmitidos por la tele o las subidas y bajadas en la liga. Pan y fútbol, como siempre, nada malo si alrededor no volaran los fajos de billetes de tantas carteras.

Nuevamente revuelan los billetes de otras tantas carteras en el otro tema al que me refiero, el de la prostitución. La sociedad mantiene un escrupuloso silencio sobre lo que está pasando en los prostíbulos. Pero existe una parte de la sociedad a la que nos preocupan las mafias de la prostitución, del alquiler de cuerpos, de la piel con piel sin geles hidroalcohólicos ni mascarillas protectoras. Siempre revuelan billetes que compran el silencio y desvía las miradas.

Pero claro, eso es el submundo, eso no ocurre en el salón de nuestras casas, eso no lo echan por nuestras teles. A lo mejor, como no lo vemos, igual no ocurre.

Sin embargo, en el exterior de nuestros autoconfinamientos particulares, existen miles de mujeres vulnerables que ejercen la prostitución. No nos engañemos pensando que les gusta, que es dinero fácil y que son libres en la decisión de ejercerla. 

Quizá no nos guste saber que la mayor parte de estas mujeres proceden de la trata, de la explotación sexual de terceros, de la clandestinidad, de la esclavitud sin más.

Si en ese proceso nuevo que nos ha llevado hasta aquí meditamos un poco más, diremos: hay que cerrar los prostíbulos, sí.

Pero me temo que no será suficiente, que nuevamente nos volveremos a lavar la cara para acabar así nuestra preocupación.  Y ello porque, seguramente y con suerte, los proxenetas cerrarán sus locales, pero cuando nos demos la vuelta habrán abierto pisos inmundos en los que alquilar habitaciones a puteros por horas o minutos. Pondrán gel hidroalcohólico en la entrada pero, al cerrar la puerta, no habrá que ponerse preservativo.

No es suficiente cerrar los prostíbulos, no es suficiente con regular medidas de mayor control, ni implementar (qué palabra más útil) políticas sanitarias de difusión de información anti-covid. No lo es.

Mientras exista una sola mujer, un transexual, o un hombre que alquile su cuerpo para que alguien lo disfrute o lo humille, no podemos dejar nuestra mente en pantalla plana.  Tendremos que mirar de frente y denunciar la situación. Pedir que no solo haya palabras, sino política de hechos y que estas personas sean apoyadas desde las administraciones, más concretamente, desde el Gobierno de España. Hará falta entonces que el Real Decreto 20/2020 incluya en su ámbito a toda persona que ejerza la prostitución considerándola subsidiaria de ser receptora del Ingreso Mínimo Vital, ello con independencia de que la misma provenga o no de la trata. 

Y es que no olvidemos que cualquier persona que alquila su cuerpo con casi toda seguridad es una víctima ya de la violencia de género, ya de la violencia social.  Y que cada putero es un violador, de pago, pero violador.

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