Opinión

Comunicación

21/02/2021

La diferencia entre el aragonés y las palabras aragonesas

Joaquín Palacin Eltoro

Por Joaquín Palacin Eltoro

Presidente de CHA y portavoz en las Cortes de Aragón

El plurilingüísmo es entender las lenguas como una riqueza en una sociedad moderna que no tiene miedos ni complejos

Recientemente se ha puesto sobre la mesa la existencia, en el castellano hablado en Aragón, de varios centenares de palabras que son (casi) en exclusiva utilizados en nuestro País.

Y aunque parezcan muchas, en realidad, la cifra se queda muy corta. Hace ya veinte años, el profesor Manuel Gargallo publicó un libro con los aragonesismos que él mismo había recogido a mitad del siglo XX en Zaragoza, el número de voces alcanza casi las mil cien, y eso solo en la capital de Aragón, ámbito urbano castellanizado desde hace mucho más tiempo que el resto del territorio. Incluso, puede decirse, que el Diccionario de la Real Academia ha ido “borrando” la marca Aragón sucesivamente. En la edición de 1992 había 1.113 entradas con ese origen, y en la última (2014) se ha quedado en 750. ¿Qué ha pasado con esas 363 voces que hace treinta años eran aragonesas?

En segundo lugar, tendremos que dejar claro que la mayor parte de esas voces pertenecen a los restos de la lengua aragonesa que se habló en todo el territorio aragonés (excepto en la zona catalanoparlante) y que se mantiene viva a duras penas, gracias al tesón de los propios aragoneses, no podemos olvidar que ya se predijo su muerte hace más de un siglo. Según la encuesta del INE de 2011 más de 50.000 aragoneses la conocen y unos 25.000 la hablan.

Convendremos, entonces, que se trata de préstamos del aragonés al castellano, igual que lo son los anglicismos (bar, poster, gol, chequear…) o los galicismos (jardín, colonia, chófer, filete, masacre…) que cualquier hablante de castellano del siglo XXI utiliza como propios sin plantearse de qué lengua son originarios. Como un aragonés puede utilizar, hablando en castellano, encorrer, escoscar, pozal o somarda, sin apercibirse de que está usando palabras provenientes de nuestra antigua lengua.

Siesso de Bolea en el siglo XVIII y, desde mediados del siglo XIX algunos lexicógrafos aragoneses como Borao o Peralta, recogieran vocabularios con voces aragonesas, y lo ofrecieran a la Real Academia Española, para que se incluyeran en un diccionario y así tratar de conseguir que no se perdieran.

Hasta principios del siglo XX con Sarohïandy, de la mano de Joaquín Costa, el aragonés no contó con ningún sistema de protección ni se había comenzado el estudio de la lengua propia. El trabajo de Juan Moneva para construir un Vocabulario de Aragón en el primer tercio del siglo XX quedó truncado por la Guerra Civil y no se pudo, tampoco, llegar a constituir la Academia que reclamaba el abogado, lexicógrafo y alcalde de Binéfar Benito Coll.

Hoy, recuperado el autogobierno, contamos con un Estatuto de Autonomía de Aragón, que pronto cumplirá cuatro décadas, que establece cuáles son las competencias exclusivas de la Comunidad Autónoma (art. 71) y entre las primeras, solo detrás de las instituciones de autogobierno y el derecho foral, están las lenguas y modalidades lingüísticas propias de Aragón, que, según la Ley de Patrimonio Cultural Aragonés son el aragonés y el catalán de Aragón.

Estos son, pues, los afanes a que tiene que dedicarse nuestro gobierno para promover la protección, recuperación, enseñanza, promoción y difusión de nuestro patrimonio lingüístico, y favorecer el uso de las lenguas propias en las relaciones de los ciudadanos con las Administraciones públicas aragonesas. Lo dice el artículo 7 del Estatuto y está recogido, casi literalmente, en el punto 128 del Acuerdo de investidura y gobernabilidad para esta legislatura.

Permítaseme, finalmente, que tome prestadas unas frases del profesor de la Univesidad de Oviedo, el asturiano Ramón d’Andrés, en un artículo recientemente publicado en el que habla de dos maneras de entender España. Desde CHA apostamos por esa visión abierta y moderna que entiende las lenguas como una riqueza, no como una amenaza.

“Por una parte está el españolismo uniformista y castellanocéntrico, que busca el predominio absoluto o exclusivo del castellano como única lengua española; tiende a ver las demás lenguas como un incordio que conviene limitar a lo folclórico; le preocupa muy poco su retroceso o pérdida, y, en realidad, aspira a completar la castellanización total de España. Con un programa de este tipo no hay ningún futuro para los derechos de los hablantes de esas lenguas ni para la supervivencia de estas.

Por otra parte está el españolismo pluralista, que toma como uno de los atributos constitutivos de España su plurilingüismo, del que deriva la dignidad e igualdad de sus lenguas y hablantes, aspirando a su equiparación. Esta visión de España concuerda plenamente con el marco de civilización en que vivimos, y tiene modelos en países occidentales muy avanzados: Suiza, Bélgica, Finlandia, Canadá, Nueva Zelanda, etc. Esta visión tolerante va muy en la línea de la actual Constitución, y es la única que puede garantizar a los ciudadanos libertad para decidir sobre sus derechos lingüísticos y sobre la supervivencia de la pluralidad lingüística.”

Dicho de otro modo, debemos avanzar hacia una concepción moderna del Estado que no puede continuar anclada en los postulados jacobinos del siglo XIX. Un Estado inclusivo que considere suya toda la pluralidad que existe en su seno, la ideológica, la cultural, la de género, la lingüística… El uniformismo nos lleva de nuevo a la caverna, a la infamia y a la represión; la intolerancia nos aleja de la democracia.

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