Opinión

Comunicación

22/04/2021

Aragón, al ritmo del cierzo

Isabel Lasobras Pina

Por Isabel Lasobras Pina

Secretaria General de Chunta Aragonesista

El 23 de abril me hace recordar que, desde muy joven, he sido una de esas miles de personas orgullosas de haber nacido en un lugar llamado Aragón.

Una cuestión de mero azar se ha transformado, a lo largo de mi vida, en una emoción compartida, en una pasión, con un sentimiento de hasta cierto privilegio por poder vivir en cualquier rincón de nuestro territorio.

Esos afectos, con el transcurso del tiempo, se convierten también en un compromiso político. Se trata de dar un paso más, porque eso es ser aragonesista: un empeño personal, conectado con quienes sienten lo mismo, por ir mejorando en lo que tenemos más cerca.

En esta trayectoria vital aparecen también sentimientos encontrados, sobre todo porque, en ocasiones, las aragonesas y los aragoneses nos sentimos huérfanos, solitarios, entre bandazos, como movidos por el cierzo, ante la dependencia que aún tenemos por lo que se decide tan lejos, en una capital grande: Madrid.

Nos influye en nuestras vidas, en nuestras políticas, en nuestra economía, en nuestro estado del bienestar. Los "enmoquetados despachos del paseo de la Castellana" deciden demasiadas cuestiones que afectan a nuestra realidad diaria, a la aragonesa. Actúan desde allí sin conocer cuál es nuestra realidad territorial, ordenan sin saber cuáles son nuestras deficiencias, nuestras fortalezas, aprueban órdenes y leyes, en ocasiones, contra nuestra propia voluntad.

Históricamente no se nos ha tenido demasiado en cuenta ante las reivindicaciones de las personas que vivimos en Aragón. ¿Cómo les van importar los problemas de un lugar con tantos municipios pequeños, en un extenso territorio, con tan pocos habitantes? No entramos en su agenda de prioridades. Ahí está buena parte del problema político.

Esta situación no es justa sobre todo porque Aragón tiene una singularidad y una excepcionalidad. Una voluntad  de querer ser que nos define como pueblo aragonés y así lo refleja nuestra historia, se escribe en nuestro Estatuto, se explica en los grandes discursos en las Cortes, pero, rápidamente, despertamos de lo que creíamos realidad porque nos encontramos otra muy distinta.

Un ejemplo, quizás menor, aunque cercano en el tiempo y muy revelador, lo tenemos cuando, durante esta pandemia, importantes medios de comunicación  nos transmitían, una y otra vez, informaciones erróneas sobre Aragón. No fueron unas simples equivocaciones puntuales. No eran capaces de situar correctamente, sobre un mapa, nuestras ciudades, pueblos y comarcas, nuestros ríos o fronteras, nuestra singularidad.

Puede llamarse anécdota, pero esconde en su forma el fondo del problema. Menos mal que siempre nos quedó la somarda en las redes sociales como sano elemento de defensa aragonesa ante tanto despropósito.

Estos antecedentes nos conducen a otra cara de una áspera realidad: Buena parte de los aragoneses y aragonesas conocen mucho más y mejor a los políticos de fuera que a los de Aragón.  Las elecciones autonómicas a la comunidad madrileña que estamos viviendo, casi en directo, son otra prueba de dónde está el  interés informativo real. Nunca hemos tenido aquí un momento tan diferenciado, donde poder exponer cuáles son nuestros problemas y propuestas. Si no nos conocen, si no nos reconocemos, no se interesan, no nos comprometemos por lo nuestro.

Tenemos que  levantar la vista para poder comprender todo lo que nos queda por hacer, cuánto debemos dejar de consentir. Nadie de fuera vendrá a solucionar nuestro futuro. Solo lo conseguiremos si somos capaces de tomar conciencia de la necesidad de proteger nuestra identidad como pueblo.

Debemos revitalizar nuestras comarcas, reivindicarnos en nuestras luchas, que en ocasiones, quién lo diría, hasta nos han llevado a conseguir lo que queremos: la protección y defensa de las aguas de nuestros ríos o a lograr el mantenimiento de algunos de nuestros paisajes, con sus viejos árboles, o a impulsar, como no había ocurrido en décadas, proyectos tan emblemáticos como el objetivo de reabrir el ferrocarril del Canfranc. Aquí queremos vivir y trabajar.

Tenemos el derecho y la obligación de cuidar a Aragón, de protegerlo y amarlo. Está en nuestras manos conseguir que sea el mejor lugar del mundo para vivir.

Nos queda mucho tramo por recorrer, un camino de soñadas esperanzas, con voces rotundas y manos poderosas para construir el futuro, juntando nuestros hombros, a veces un tanto cansados.

Necesitamos más poder político para decidir, junto con las personas que viven en Aragón, pensando con, en y para nuestra gente. Avanzando hacia una sociedad más democrática, basada en la solidaridad con nuestro territorio, en la libertad que nos define históricamente y con la justicia social que deseamos.

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