03 Ene Cuerpos fuera de plano
Mary Carmen Bozal, candidata número 4 de Chunta Aragonesista (CHA) por la circunscripción electoral de Zaragoza a las elecciones a Cortes de Aragón – 2026.
Enero llega cada año como una amenaza disfrazada de propósito. Se apagan las luces de Navidad y vuelve el bombardeo: “compensa los excesos”, “vuelve al gimnasio”, “detox”, “empieza de cero”. Un recordatorio insistente de que el cuerpo —especialmente el de las mujeres y de quienes se salen de la norma— es un problema que hay que corregir. Se vende como cuidado y bienestar, pero no es salud: es disciplina. No es autocariño: es control.
Esta supuesta “vuelta a los hábitos” funciona como un mecanismo perfectamente engrasado de violencia simbólica. La comida se paga con culpa, el placer con castigo y el cuerpo, si no encaja, debe pedir perdón. Enero no crea este mandato, pero lo amplifica hasta hacerlo socialmente aceptado y casi obligatorio.
Por eso importa el Informe ODA contra la gordofobia 2025. Porque pone cifras a una realidad conocida: los cuerpos no normativos siguen siendo anecdóticos en la ficción española. Y cuando aparecen, lo hacen sin profundidad, como chiste, decoración o problema. No es solo una cuestión de representación cultural: es pedagogía social. La pantalla educa qué cuerpos importan, cuáles merecen deseo, respeto y futuro. El mensaje es claro: el cuerpo válido es uno; el resto debe corregirse o esconderse.
Ese relato audiovisual no se queda en la pantalla. Se traduce en la vida cotidiana, especialmente en enero, cuando la publicidad y el discurso social refuerzan la idea de que no somos un cuerpo, sino un proyecto a mejorar. Un cuerpo que debe encogerse para merecer espacio.
Las mujeres vivimos esta presión con especial intensidad porque el patriarcado ha convertido nuestro cuerpo en un territorio político. La delgadez funciona como disciplina y pasaporte social. Si fallas, no es solo estética: es credibilidad, seguridad, respeto, trabajo y posibilidad de ser deseada sin condescendencia.
Además, la violencia no actúa igual sobre todas. La interseccionalidad es clave: una mujer gorda racializada, pobre, con discapacidad o queer carga con estigmas acumulados que multiplican el castigo. Enero convierte la gordofobia en ambiente: chistes, consejos no pedidos, planes de grupo, memes y culpa compartida. Un idioma aprendido que incluso reproducimos sin querer.
Conviene decirlo claro: la cultura de la dieta no es bienestar, es industria. Necesita que odiemos nuestros cuerpos para vender soluciones rápidas y culpas recicladas. Necesita que el placer tenga deuda y que comer sea pecado.
Por eso combatir la gordofobia no es solo pedir más diversidad en pantalla. Es exigir narrativas donde los cuerpos disidentes tengan vida, deseo y alegría propias. Es negar que la delgadez sea requisito para la dignidad. Es rechazar que enero sea el mes oficial del castigo corporal.
Enero no es un mes para corregirnos. Es un mes más para vivir. Y para defender, con voz firme, el derecho a existir en todos los cuerpos.