La realidad oculta tras las listas de espera sanitarias

Javier Carbó Cabañero, Secretario Territorial de Chunta Aragonesista (CHA) en las comarcas turolenses

Observamos con creciente preocupación cómo el Gobierno de Aragón, en funciones, se esfuerza en vender titulares amables sobre la sanidad pública mientras la realidad cotidiana, especialmente en las comarcas turolenses, sigue desmintiendo ese relato triunfalista.

Escuchar que las listas de espera “mejoran” porque durante un par de semanas se ha acortado el tiempo medio para entrar en consulta, cuando al mismo tiempo se consolidan retrasos inasumibles en especialidades clave, no es ni un éxito de gestión ni una buena noticia para la ciudadanía, sino un ejercicio de maquillaje estadístico que ignora la realidad que viven miles de pacientes cada día.

Basta descender al territorio para comprobar que esa supuesta recuperación no llega a todas partes ni a todas las personas. En el Hospital Obispo Polanco en Teruel, por ejemplo, la demora para acceder a determinados especialistas vuelve a crecer tras el leve alivio del mes anterior. Es decir, se baja un escalón para volver a subir dos, una dinámica que el Ejecutivo autonómico parece aceptar con resignación burocrática.

Especialmente preocupante es la situación en áreas como Dermatología, donde los plazos se disparan hasta cifras muy elevadas. Más de setecientos días de espera no son una anécdota estadística: son dos años largos de incertidumbre para pacientes que, mientras tanto, siguen oyendo hablar de “buenos datos”. A este panorama se suman los retrocesos en Oftalmología y Neurología, con incrementos de alrededor de dos semanas que confirman que el problema no es puntual, sino estructural.

En el Hospital que atiende al Bajo Aragón la fotografía es similar. Hay avances concretos, como la mejora en Oftalmología o el descenso en Otorrinolaringología, pero vuelven a aparecer subidas relevantes en consultas tan sensibles como Endocrinología, Dermatología, Neumología o Neurología. El balance final es un vaivén constante que evidencia la falta de planificación a medio y largo plazo.

No podemos dejar de señalar la contradicción de un Gobierno que presume de gestión mientras normaliza demoras de cientos de días para ver a un especialista.

La sanidad pública aragonesa no necesita discursos autocomplacientes ni comparativas interesadas, sino inversiones reales, refuerzo de plantillas y una apuesta clara por el equilibrio territorial. Porque mientras en los despachos se celebran descensos coyunturales, en muchas casas de las comarcas turolenses la espera continúa, y la paciencia —como la salud— no es infinita.



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